Aquella mañana lo encontré. Así, sin más, encontré lo que no andaba buscando. Estaba en una silla continua a la mia. Era un día gris, como de costumbre en Helsinki, pero aquel Sábado tenía un tono algo más oscuro para mi, era un gris de introspección, de inquietud, quizás el inicio de una catarsis todavía escondida en el frío invierno.

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Hace poco más de un año que mi maternidad biológica se fue al garete, y desde entonces, no dejo de oír una voz que me tortura y me abrasa la mente susurrando cada mañana que he perdido esta batalla para siempre. Para siempre… suena terrible… Desolación, vacío y lágrimas un peso descomunal que voy acumulando en mi irregular espalda. Un peso que no soy capaz de deshacerme de el, a veces ese peso me engulle en sombras donde puedo chillar y nadie me oye.

No puedo mas, salto de un acantilado y dejo que el viento me arrastre y me empuje hasta caer en tierra firme. Perdida. Rota. Rasgada… y cosida. La vida me ha arrebatado ser madre de la única manera que ya me quedaba, sí la vida me lo arrancó de mi cuerpo, y extirparon mi útero, mis trompas, y me cosieron, y me cerraron y me cosieron bien cosida dando por finalizada una etapa que no se había consumido, no en mi mente, y mucho menos en mi corazón.

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Aquella mañana seguía de duelo. Empezaba a tomar consciencia de mi no-maternidad, empezaba a asumirlo, haciéndolo cada día más real. ¿Cómo se renuncia a algo tan animal e instintivo como la maternidad?, me preguntaba mientras me dirigía hacía el Simposium sobre Diaspora, Environment, Generation que se impartía en el Nordic Culture Point de Helsinki.

Echo la vista atrás por enésima vez intentando encontrar un motivo, si hice algo mal, si tardé tiempo en intentarlo, si hubiera tenido que ir antes al médico, o si debería haber tomado otras decisiones. Pero no, he revisado cada milímetro de mis últimos doce años y no nada hubiera cambiado… Cruzo rápido la calle y entro en las instalaciones del Museo. «Un mocca por favor, sin azúcar…. y no muy caliente. Gracias». Y sonrío con la inercia del que quiere ser amable con el camarero soñoliento que prepara el café mientras sigo deshilando una vez más mi duelo.

Tenía unos diez años cuando decidí que sería madre adoptiva. El desencadenante de ese atípico deseo de adopción a tan temprana edad fue el libro de la autora alemana Gudrun Mebs, Sonntagskind (1983). La novela sobre una niña que vive en un orfanato y tiene unos padrinos de fin de semana que la liberan de los tristes Domingos en el orfanato pasando el día con ella. Desde ese mismo momento abrí mi corazón a todos los niños de todos los orfanatos del mundo entero, con toa la exageración que así suena, segura que era el mejor modo de ser madre, sobretodo ahora que empezaba a oír a escondidas como mi madre comentaba entre susurros con mis tías sobre las dificultades que tendría ser madre biológica con una columna como la mia, entera curvatura…. a su parecer, nada-recomendable-casi imposible-mejor-no… “podría quedar muy mal si lo intentara dijo el médico”. Y me quedaba escuchando aún sin comprender del todo qué significaban esas palabras que se fueron filtrando en mi inconsciente.

Pero la adopción tampoco pudo ser, y sigo recordando mientras tomo un pequeño sorbo de ese Mocca ardiendo que una vez más el camarero había olvidado el “no muy caliente. Gracias”. Cuando tuve la oportunidad económica y estable para hacerlo mi pareja del momento se negó y cuando he estado soltera, no he cumplido los requisitos económicos que el proceso requiere. Quizás ahora cumpliría esos requisitos pero las fronteras están cerradas, y siendo soltera y pasados los cuarenta, las opciones se convierten en imposibles… Un gruñido salió de mi boca, y el tipo sentado a mi lado en la sala de conferencias me miró con detenimiento.

Sola, -seguía metida en mi espiral, pensando – sin mi propia familia creada por mi, viviendo de prestado otras familias. Suspiré profundamente, no dejando de moverme en mi butaca plegable que me recordaban a los asientos que tenía el viejo teatro de mi pueblo. Para mi la soledad era la forma opuesta a familia, yo + hijos, la pareja podía ser aleatoria, podía haberla o no, pero siempre di por sentado que sería madre… En ese preciso momento seguía ajena a las ponencias que ya habían empezado y ajena también a la mirada disimulada del tipo de al lado.

Por eso, ya que la adopción no iba a ser posible, – y vuelvo y vuelvo y vuelvo otra vez sobre lo mismo, en bucle– por eso me aferré a ese pequeño porcentaje de que un día mi feto se agarrara y acomodara en mi útero y sucediera lo casi imposible, porque esa era la última opción que me quedaba, el ultimo cartucho, un débil optimista diez por ciento de probabilidad. ¿Cómo fui tan idiota? ¡Estaba claro que no iba a ser! Y ahí me aferré hasta que llegó el día que ingresé en el hospital. Ahí, en ese quirófano se quedaron todas mis esperanzas y sueños de familia, todos mis planes de madre, la fiestaza que iba a organizar para presentar a mis hijos, elegir escuela, los trabajos del colegio, los amigos, las fiestas de cumpleaños, las vacaciones, las aficiones, enfermedades, risas y llantos, peleas, las primeras relaciones, la profesión, la vida de adulto, etc etc. Todo, lo quería todo, y no voy a tener NADA…. Suspiré profundamente y todo oscureció, me quedé dormida en esa fría sala de quirófano, y desperté en una nueva vida. Todo lo anterior quedó en esa habitación, como si fuera un sueño

Tristeza, soledad, castración, frío y desolación eran las notas que resonaban en mi cabeza. Los ojos se me llenaron de lágrimas, intenté aguantarlas, que no cayeran, estaba en una sala llena de personas escuchando ponencias y yo no hacia mas que llorar.

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Él, sentado en una silla continua a la mia, me miró, me sentí observada y todavía con lágrimas en las mejillas lo miré, y él me dedicó una medio sonrisa, creo que lo máximo que le salió en su timidez. Le devolví la mirada, y lo vi por primera vez. No me había dado cuenta que era el mismo hombre que me abrió la puerta de la cafetería, me dejó pasar en la sala de conferencias y eligió un asiento junto al mio, incluso me recogió los guantes que se me habían caído de tanto removerme en la butaca. Pero yo solo pude verlo entonces, cuando salí por un instante de mis demonios, me sentí observada por una mirada tan tierna, y por unos segundos me sentí a salvo de ese infierno frío que abrasaba mi mente. Nos presentamos en el descanso, entre cafés y tés y sin darme cuenta, me vio aceptando una invitación para compartir un vino en uno de esos locales cool de la capital. Sin pensarlo y sin decirlo, sin buscarlo, cuando todo fluye y no te das cuenta, cuando hay chispas y son reales, cuando no hay príncipes ni princesas, sino personas que se encuentran, se entienden desde la realidad de cada uno, y comparten nuevos sueños.

Había empezado a aprender a vivir mi nueva realidad hacía meses, ahora se abría una nueva ventana, quizás el tipo del abrigo de paño tres cuartos sea mi muleta, y yo la suya, y quizás, por muy pinky que suene, construyamos juntos nuestra propia primavera. Aprender a vivir en paz con nosotros mismos, desde la honestidad asumiendo nuevas realidades y la vida como viene. A veces estamos en el lodo, y otras vivimos chutes de felicidad, aunque después de un infierno que bien sienta un poco de aire fresco…