Desmontamos y volvemos montar, como las piezas de un rompecabezas unas encajan y otras no, pero a mí siempre me persigue ese afán de encajarlo todo. Desmonto y re-construyo una y otra vez, tantas veces como mi mente insana me lo permite, quiero entender y saber porqué soy, y cómo siento, de dónde nace esa intensidad que a veces me desboca y que he aprendido a calmarla, si no del todo, a disimularla.
Me siento cómoda en los espacios sin género ni censura, en los bailes de letras zurdas y diestras, donde podemos encontrar mitos caídos y heroicidades, me encantan las sesiones largas donde hablamos de nosotras.
Si tuviera que nombrar una profesión, diría que soy historiadora. Una vez mi sobrino me preguntó qué hacían los historiadores, yo le contesté que son los que cuentan historias, las que están en los libros y las de la calle, historias mundanas que nos llegan y nos susurran secretos y nos hablan de todo eso que nos da la vida y que a veces nos lo quita, sin ni siquiera darnos cuenta.
Yo soy más de historias del asfalto, largos cafés de sobremesa y caricias de medianoche, al ritmo de Ben Webster en un universo real dónde se derrumban sueños se construyen esperanzas, y donde lo ficticio es real y la realidad nos sobrepasa. Y de todo eso va Desmontando a Venus, historias cortas, que he vivido, me han contado, o las he oído entre susurros en el asiento de al lado de un tren abarrotado de vidas que podrían ser bestsellers en la cabecera de nuestra cama.