El ruido de los bombardeos y las sirenas se había acabado y un silencio estremecedor invadía las calles, era el silencio de posguerra, el miedo del vencido, el silencio del hambre, y del que no tiene nada. Familias que emigran al campo, construyendo casas sencillas, hoy comerán de la tierra, mañana no tendrán nada. Niños disfrazados de adultos cambian los juegos de infancia para aprender lo que aún no debían, resultado de una guerra perdida.

Eran tiempos de pobreza, de canciones lejanas, de Sol intenso, fríos inviernos y llantos del alma. 

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Había acabado la guerra y el país se vio envuelto en la más absoluta pobreza y represión por parte del nuevo régimen. Aquellos que habían participado activamente en el brazo político de la República eran perseguidos y fusilados, el resto sobrevivieron bajo el miedo del opresor. En las ciudades no había comida, la escasez invadía las calles, en los pueblos no mucho más les llegaba.

Mis abuelos republicanos, vieron como su vida cómoda y tranquila se desvanecía. Perdieron la casa donde vivían y todas sus propiedades. Desnudos de alma y ropas se dirigieron al campo, a Sierra Morena en busca de echar algo a ese estómago entumecido tantos días vacío.

Se establecieron en lo alto de una colina, a mi abuela Manuela siempre le gustaron las vistas, y así construyeron con sus propias manos una humilde morada, en mitad de grandes latifundios, dirigidos por señoritos y capataces, criadas que trabajaban veinte horas al día por un techo y derecho a comida. Una tenue línea separaba su realidad de jornaleros a los esclavos de antaño.

Tres años atrás mi abuela transcurría sus días cosiendo vestidos de alta costura y las noches leyendo novelas históricas al calor de un acomodado hogar. Hoy, en la pobreza más absoluta, le parecía un sueño vivido, porque A PARTIR DE ESE DÍA TUVO QUE APRENDER A HABLAR ENTRE SUSURROS, SIN DECIRLO, CON LA BOCA CERRADA Y EL OJO ABIERTO.

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